Últimamente (?) estoy
demasiado escéptico e intolerante. Tengo que confesar también, que olvido
fácilmente cómo empezar a escribir, que me da miedo la hoja en blanco, que no
sé escaparle a las sílabas repetidas en otoños inconclusos... Casi imperceptible es el
humo que sale de mi taza de café. Es lunes, y, sin embargo, hoy podría ser
cualquier día de esos que intentaría susurrar palabras que escriban paredes
despintadas y dejen una huella que salve.
El café está casi frío,
al igual que mis manos, y en el cuello corre el escalofrío de la página en
blanco, del "por qué no", del "por qué sí". Corren, casi
inéditas, las palabras esclavizadas a la ventana que me da la espalda,
inmutable. Y, persisto. Persisto en los “por qué” y el café frío, mientras la
brisa me envuelve como suspiros de un otoño que se vuelve miel, para regalar
dorados y suelos amarillos. ¿Qué se hace con tanto amarillo entre los pies?
¿Qué se hace con tanto otoño?
Es tan difícil no dejar
caer la miel entre los dedos. Tan absurda una huella amarilla entre tanta miel.
Tan sublime sentirme parte de paredes despintadas y espaldas inmutables...
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